diumenge, 31 d’agost de 2014

La paradoja del cantante

En esta ocasión os ofrezco la traducción al castellano de mi última entrada. Espero que de este modo aquellos que no leáis el catalán podáis acceder a este texto.

* * *

Hoy quiero reflexionar sobre un hecho que hace tiempo que me ronda por la cabeza. Y me permito hacerlo sin notas a pie de página, es decir, como ensayo a partir sólo de mi experiencia personal. No he querido averiguar si alguien ha hablado antes: sólo quiero plasmar mis reflexiones y suscitar otras. Y se trata de lo que he optado por llamar "la paradoja del cantante".

Hacia 1769 Diderot escribió su famosa Paradoxe sur le comédien, donde plantea que el actor debe basar su técnica actoral en una distancia que le permita interpretar sin sentir las emociones que transmite al público. Yo hace tiempo que reflexiono sobre la "paradoja del cantante", un fenómeno que lo conozco bien porque lo he vivido desde la más cruda primera persona. A lo largo de muchos años de aprendizaje y experiencias diversas (de todo tipo y formas) con el canto lírico, he llegado a la conclusión de que el cantante vive en una constante paradoja creada por el hecho de que nunca llega a sentir verdaderamente el efecto real de su voz.

De entrada, es evidente que cuando cantamos no nos oimos como los de fuera. Entre la gente que no estudia canto es muy habitual decir aquello de "cuando me oigo grabado no soporto mi voz", ya que cuando hablamos la audición de nuestra voz está muy distorsionada por nuestras propias resonancias. Por tanto, ¡imaginaos las dificultades de un cantante para tener cierta idea de cómo suena su voz!

El cantante (sobre todo lírico, es decir, aquel que desarrolla al máximo el potencial de su voz para no necesitar la tecnología) sólo puede oir externamente su voz a través de herramientas que funcionan de inexacto espejo: el grabación, el efecto en los demás, el eco, etc. Por ejemplo, me consta que los castrados que estudiaban canto en los conservatorios de Nápoles en el siglo XVIII iban a ciertas cuevas y valles donde podían oír su voz en eco. Ninguno de estos sistemas reproduce exactamente el efecto de la voz en vivo; por tanto, yo nunca podré sentir el verdadero efecto de la resonancia de mi voz en mis células como receptora. Como dibujante veo mis dibujos, como escritora puedo leer mis textos ... pero como cantante no me puedo oir.

Por tanto, la imagen que tiene un cantante de sí mismo depende exclusivamente de factores externos. Esto le hace ser un ser especialmente vulnerable, sobre todo en su etapa formativa, durante la cual vive a merced del talante de maestros que le hacen de espejo, y de opiniones mil que, si no están bien fundamentadas, pueden destruir carreras prometedoras.

Recíprocamente, el alumno hace de espejo de las debilidades del maestro: las frustraciones, las carencias técnicas, la mediocridad o, sencillamente, la ignorancia. Y a menudo éste, en lugar de reconocerlo, lo proyecta en el alumno. En general, se crea un juego peligroso y potencialmente tóxico de egos y de espejos distorsionantes con la trampa de la condición "autosorda" del alumno.

De hecho, pienso que los fenómenos del divismo y los egos crecidos, tan habituales en el mundo del canto lírico, se pueden explicar precisamente como autodefensa a esta vulnerabilidad propia de la condición de cantante. En cualquier caso, es fácilmente observable que el cantante lírico suele tener la necesidad de una afirmación constante en los demás, a menos que llegue a tener una clara imagen sonora de sí mismo gracias a una técnica sólida lograda mediante maestros que han hecho de espejo correcto y empático. Si me permitís el excurso "zen", es entonces cuando el cantante deja de preocuparse por la imagen "egoica" de sí mismo y consigue que, simplemente, el canto fluya.

Todo ello lo he vivido en mis carnes durante muchos años. Después de catorce años de pasar por mil manos en Barcelona y Alemania, finalmente he encontrado mi voz en Bolonia. En poco tiempo he pasado de cantar el "Aleluya" del Exsultate Jubilate de Mozart o el "Rejoice" del Mesías de Händel a hacer el "Pace, pace, mio Dio"de La forza del destino de Verdi o el "Senza mamma" de Suor Angelica de Puccini. He pasado de que me digan que soy "soprano segunda" a que soy "soprano dramática" o "puedes estar contenta de cantar en un coro de cámara" a "deberías hacer audiciones en teatros". Sólo en estas opiniones se observan dos imágenes absolutamente opuestas de mí misma.

Sinceramente, he tenido una fuerza de voluntad que no sé de dónde la he sacado (perdón, sí lo sé: de la gente que ha creído en mí, gracias!), además de la suerte (o san Google!) de dar con mis excelentes profesores boloñeses, Anna Flores y Roberto Ferrari Melega. Soy feliz cantando porque sé que mi voz ha encontrado su camino, aunque he aprendido que nunca sabré su efecto real. Pero no quiero personalizar demasiado el artículo o si no adquirirá un tono autobiográfico y "destroyer" que quiero evitar. Prefiero mantener la distancia, como el actor de Diderot.


4 comentaris:

Montserrat Vilaró Berenguer ha dit...

Molt interessant reina, moltes felicitats

Víctor Marín Vayá ha dit...

Me acabo de acordar de un artículo: http://www.ribbonfarm.com/2015/01/08/ritual-and-the-consciousness-monoculture/

Si bajas a la parte que habla de "The Self", verás que trata exactamente el tema de los espejos y la imagen que tenemos de nosotros mismos, y de lo que pasaba cuando no había espejos :).

Aurèlia ha dit...

¡Qué interesante, Víctor! Uf, menudo filón... Y eso explicaría la manía actual por los selfies. ¡Muchísimas gracias por esta información!

Víctor Marín Vayá ha dit...

La primera vez que ven un espejo los indígenas del amazonas se espantan: la realidad objetiva es horrible comparada con la imagen idealizada que ellos tenían de si mismos.

Supongo que el inpacto cultural en occidente fue similar. Y ayuda a explicar que, efectivamente, un cantante que no puede "oírse en un espejo" tiene por naturaleza una imagen idealizada de si mismo.

El artículo precisamente trata tres grandísimos cambios culturales que se dieron durante el comienzo de la edad moderna y que se suelen pasar por alto:

- La aparición de los relojes y la medición precisa del tiempo.

- La generalización de la identidad inamovible (registros, nombre y apellidos concretos, etc.).

- La generalización de los espejos.